1. En O Grove el mar se escucha y se ve
Escogimos O Grove para conocer mejor Galicia, y pronto descubrí que antes de lanzarse al Camino de Santiago conviene escuchar al mar. Porque el mar, además de eterno, es un maestro con paciencia infinita: enseña a través de bateas de mejillones que se mecen como templos flotantes, de mercados donde el pulpo y las almejas recitan la historia de siglos, y de gallegos que hablan con pausa, como quien no comparte palabras sino paisajes enteros. En la isla de La Toja, el mármol del balneario convive con la sal y el rumor de las mareas. Tras la visita a A Granxa, seguimos hacia Pontevedra, ciudad noble y caminable, que nos abrió sus plazas porticadas y sus calles de piedra como si fueran capítulos de un libro antiguo. Paseamos sin prisa, conversando con la ciudad como se conversa con un viejo amigo que no tiene secretos, solo memorias compartidas. El rumbo nos llevó a Cambados, la cuna del Albariño, donde nos esperaba la mesa de A Fonte do Viño. Su dueño y chef, Álvaro Fernández, navegante veterano que ha cruzado el Atlántico más veces de las que confiesa, nos recibió con historias de mar que parecían dictadas por una musa en cubierta.


Entre mariscos generosos y copas de vino dorado, las anécdotas se enredaban con el rumor de las olas, como si la sobremesa fuera también una singladura. La jornada concluyó en San Vicente do Mar, frente a un atardecer que parecía detener el mundo. El horizonte, encendido de fuego, nos recordó que viajar no es contar kilómetros ni coleccionar paisajes: es reunir mares, amigos y relatos compartidos hasta convertirlos en memoria viva. Y allí, con el sol hundiéndose en el océano, comprendí que a veces la mejor brújula es la risa, y el mejor mapa, una copa levantada al viento.
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2. Crónica de O Cebreiro
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3. Crónica del Camino: O Cebreiro – Triacastela
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4. Crónica de Triacastela a Sarria
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