2. Crónica de O Cebreiro

Llegamos a O Cebreiro como quien se acerca a un umbral entre la tierra y el cielo. El viento en la cima traía un murmullo antiguo, quizá de los druidas que habitaron este caserío celta. “Hace tres mil años”, afirmó en su tienda “Grial”, José Manuel, el sobrino del sacerdote Elías Valiño, aquel apóstol de la montaña que, en 1980, levantó del olvido al Camino. Con manos de cartógrafo y alma de peregrino dibujó sus mapas y encendió la primera flecha amarilla. Desde entonces, esa señal humilde —pintada en muros— brilla como un faro para millones, recordando que todo viaje comienza con un gesto de fe. Maripaz y yo, con el corazón ligero y la mochila aún ordenada, sabíamos que aquí empezaba nuestro quinto Camino, y que cada Camino es distinto, porque lo que cambia no es la ruta sino el caminante.

No hay edad para hacer el camino

Las casas de piedra, con sus techos de paja —las pallozas— parecían salidas de una película que mezcla la Edad Media con un realismo mágico gallego. En el bar, al calor de un vino tinto joven, conocimos peregrinos que llevaban un mes caminando desde Saint-Jean-Pied-de-Port. Una, con acento alemán, reía al contar que ya había olvidado el cansancio en los pies; otro brasileño compartía un cuaderno con dibujos de los lugares donde comió pinchos memorables. María Andreina venezolana venida de Carolina del Norte, lloraba de emoción. Allí entendí que el Camino también se escribe en bares, entre copas y anécdotas, donde la vida se destila en sencillez y amistad instantánea. A las siete de la tarde asistimos a misa en la iglesia prerrománica de Santa María, uno de los templos más antiguos de la ruta. El padre Paco, con su voz franca y su gesto campechano, nos recordó que “estar aquí, en lo alto de un monte, es estar un poco más cerca del cielo”. Luego bendijo a peregrinos de treinta y un países, como si tendiera un manto invisible que unía a todos bajo la misma aventura. Afuera, la niebla caía como un velo místico sobre el valle, envolviendo el caserío en un silencio que parecía oración. O Cebreiro no es solo el primer pueblo gallego del Camino Francés; es también una metáfora. La entrada a un mundo donde el tiempo se ralentiza, donde el vino, el pan y las palabras se convierten en símbolos de lo esencial. Dormimos nuestra primera noche en una posada con chimenea, y en el rumor del viento que golpeaba la piedra descubrí una lección: los caminos no empiezan en el suelo, sino en la conciencia. Y el de mañana será nuevo, aunque sea el quinto. Porque el Camino no se repite: se renueva.

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