5. Crónica de Sarria a Portomarín
Salimos de Sarria cuando aún la niebla parecía abrazar los tejados. Esta villa, que fue plaza fuerte medieval y hoy punto de partida obligado para miles de peregrinos que buscan la Compostela, nos despidió con el eco de sus calles empedradas y la silueta de la torre de su castillo desaparecido, como si la historia misma nos recordara que nada es eterno, salvo la huella que dejamos al andar. El Camino nos llevó entre robledales y prados donde los muros de piedra, cubiertos de musgo, parecían guardar secretos de siglos. Cruzamos aldeas que olían a establos y pan recién horneado; puentes románicos que aún sostienen el peso de generaciones de caminantes. El saludo repetido de “¡Buen Camino!” viajaba de boca en boca como un mantra universal. Recordé a Paulo Coelho: “No bendice el destino, sino el instante”. En el Mirador da Brea hicimos una pausa para el café. Allí, un perro border collie se echó a mi lado. En su collar colgaba un número de teléfono: nos contaron que estos animales suelen acompañar a los peregrinos hasta Portomarín, y allí alguien avisa a sus dueños. Pensé que ni siquiera un perro se pierde en el Camino: todos encuentran compañía, como si la ruta misma nos adoptara.

Mientras bebíamos el café, conversé con una peregrina suiza de cabello canoso y ojos brillantes que caminaba sola.
—¿Por qué ha venido al Camino? —le pregunté.
—Porque me regalé tiempo. Trabajé cuarenta años cuidando de otros; ahora quiero que el silencio me cuide a mí.
Un poco más adelante, un padre y su hijo —Manuel y Carlos, residentes en Barcelona— caminaban con aire orgulloso. Entre risas confesaron ser hinchas del Real Madrid en tierra de blaugranas.
—El Camino nos permite bromear incluso con eso —dijo Manuel—. Aquí no somos rivales, somos peregrinos.
José Luis, viejo amigo de mis días universitarios en Bogotá, caminaba a mi lado. Recuerdo cuando soñaba con mercados bursátiles y grandes capitales. Hoy lo vi detenerse frente a un anciano que ordeñaba vacas y, con una sonrisa de niño, me dijo:
—Nunca pensé que el Camino pudiera enseñarme tanto. Quería Berlín, París… pero aquí descubro que soy parte de una historia más grande que mis negocios. Tras 25 kilómetros, con los pies ardiendo y el cansancio como si un tractor hubiera pasado por encima, entramos en Portomarín. El Miño, río antiguo, nos mostró su doble rostro: bajo sus aguas yace el viejo pueblo, sumergido por el embalse en los años sesenta; sobre la colina, resurgió el nuevo, piedra a piedra, como si la memoria se negara a morir. La iglesia de San Nicolás, trasladada piedra por piedra, nos recordó que la fe y la voluntad también saben reconstruirse.
Patricia, conmovida, murmuró:
—Colombia también debería aprender a reconstruirse así, sin olvidar lo que se hundió.
La escuché y pensé que el Camino es metáfora de la vida: nos ofrece desafíos, nos empuja a sacar fuerzas de donde creíamos no había. Y aunque la edad, los achaques y el bastón algún día me obliguen a vivir distinto, hoy no me veo dejando pasar las bellezas que ocurren a mi alrededor. Porque ser trotamundos —y un trotamundos que se llena de años— no es escapar del tiempo, sino abrazarlo: caminar mientras aún se puede, conversar con el mundo, sentarse en una piedra y soñar con una amiga, cruzar puentes como quien cruza la propia vida. Mañana nos espera Palas de Rei, y sé que cada kilómetro no solo suma distancia: suma recuerdos, preguntas, y respuestas que apenas se insinúan en el rumor del Camino.
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