6. Portomarín – Palas de Rei
Salimos de Portomarín a oscuras, con 12 grados en el aire y el Miño quedando atrás como un espejo frío. La subida a Castromaior me dejó sin aliento, pero lo devolvió en paisajes infinitos: bosques que susurraban, colinas que parecían plegarias. El cansancio, pensé, es un maestro disfrazado de ampollas.
En una aldea, mujeres regaban los huertos como sus abuelas. Una nos ofreció caldo gallego y, mientras lo revolvía, nos dijo con sonrisa sabia:
—La vida es como el caldo, señoritos: hay que dejarla hervir despacio.
Tom Chesshyre habría escrito que, mientras buscamos wifi en cada esquina, la verdadera conexión está en una cuchara de caldo. José Luis, con su chispa, comentó:
—Esto también es economía: una mujer que cocina, un peregrino que agradece, un pueblo que revive.
Almorzamos en Las Ventas de Narón, donde el vino sabe a conversación y los muros guardan historias de botas polvorientas. El día avanzó suave, con un sol generoso y una procesión de acentos: coreanos, australianos, suecas jubiladas, italianos… todos siguiendo el mismo compás secreto del Camino.

En Palas de Rei, entre mochilas y botas al sol, recordé lo que decía un maestro espiritual: cuando el cuerpo se cansa, el alma comienza a hablar más alto. Y entendí que el cansancio también puede ser oración.
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