8. Crónica de Melide a Arzúa

El día amaneció despejado en Melide. Entre los callejones de hostales y bares todavía resonaba el eco del partido del Real Madrid en Kazajistán, que vimos anoche, como si la modernidad de la Champions se mezclara con la intemporalidad de un pueblo que aún huele a piedra húmeda y pulpo recién servido. Los primeros pasos nos llevaron por aldeas que parecían brotar del musgo. Casas viejas y nuevas se confundían en un mismo aliento, como páginas verdes de un libro que Galicia nunca termina de escribir. En un recodo apareció Crisógono, cultivador de vides. Nos invitó a su pequeña bodega, donde las barricas exhalaban memoria de tierra y madera.

—La vid es como el hombre —nos dijo con voz lenta—, si se la deja crecer sin guía se pierde en sí misma. Pero si la podas con paciencia, devuelve frutos que se convierten en vino: alegría y recuerdo. Probamos un tinto joven y un blanco fresco, y mientras el vino se abría en la boca, añadió:

—Cada racimo guarda el sol y la lluvia de un año entero. Igual que las personas: cada cual lleva dentro sus estaciones. No lejos de allí encontramos a un peregrino solitario, un eslovaco de rostro afilado y pies hinchados. Caminaba despacio, arrastrando sandalias que habían sustituido unas botas derrotadas por 40 días de camino. Maripaz le preguntó por qué hacía el Camino. El hombre sonrió con una sombra en los labios:

—Aún no lo sé. Quizá lo descubra al llegar… o nunca. Lo observé mientras avanzaba, cada paso un combate silencioso. Pensé que Dostoyevsky habría encontrado en él a un personaje de sus páginas: un ser arrojado al límite, que entre el dolor y la fe buscaba una respuesta que tal vez no existía. “El sufrimiento es un oficio del alma”, parecía decir su andar; y en esa renuncia a rendirse estaba su verdad más pura. El contraste lo puso un grupo bullicioso de 30 colombianos que venían con R2Outdoors. Voces alegres, mochilas repletas de banderas, convertían el Camino en tertulia andante. Ese es el milagro: quien quiere conversar, encuentra compañía; quien desea silencio, lo halla en la soledad de los senderos. En Boente pensé en Colombia, en los caminos que podríamos trazar con la misma mística: el Camino del Café en el Eje, el Camino de la Sal en Zipaquirá, el Camino del Llano hasta el Orinoco, el Camino de Boyacá donde se fraguó la independencia, el Camino del Mar en Tolu o Santa Martha, o el Camino de los Nevados entre glaciares y frailejones. El espíritu del peregrino no es exclusivo de Compostela; habita en toda geografía que convoque memoria, historia y fe.

Ya en Ribadiso, bajo una arboleda casi paradisíaca, nos recibió el Bar Manuel. Los nietos del fundador atienden ahora el lugar y conservan las recetas de siempre: tortilla de patatas dorada, empanadas de lacón y grelos, de atún y de carne. Allí comprendí que el Camino también se hace en la mesa, con pan compartido y vino que suelta las palabras. Al llegar a Arzúa, tierra de quesos, probé un trozo cremoso que supo a recompensa. Cerré los ojos y fue como asomarme a la catedral en el horizonte: aún faltan pasos, pero ya se siente su eco. Hoy el Camino me enseñó que la maduración —del vino, del queso, de las personas— ocurre en silencio y con paciencia

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