9. Crónica de Arzúa a O Pedrouzo

Salimos de Arzúa cuando aún quedaban ecos de campanas en la Catedral. Antes de ponernos en marcha, entré a la iglesia: las columnas olían a humedad antigua y a incienso repetido. Allí nos reencontramos con Rose Rivera, peruana ya madrileñizada, a quien habíamos conocido días atrás. Ahora camina como si fuera familia, porque en el Camino todo se convierte en parentesco improvisado. A nuestro alrededor se multiplicaban los rostros conocidos: Dani y Juliana, recién casados de Valencia, con su perra que parece tan peregrina como ellos; cada jornada los cruzamos en algún punto, como si el azar quisiera recordarnos que la amistad se teje paso a paso.

Un poco más adelante, a la altura del kilómetro 34, me descubrí siguiéndole el paso a un grupo de muchachos de 16 años. Discutían con fervor su futuro, los hijos que algún día tendrían, la confianza que sus padres les inspiraban. Afiné el oído, curioso por escuchar la voz de la juventud en este corredor milenario. Pensé que quizá el Camino, más que un sendero, era un aula al aire libre donde cada generación ensaya sus sueños. No faltaron los personajes pintorescos: un canario alegre había montado un improvisado puesto de bananos. Su mesa era un imán para caminantes, más por su entusiasmo que por la fruta. Me detuve un instante y me pareció que su risa era tan necesaria como el agua en el sendero. La mañana avanzaba bajo bosques de eucaliptos altísimos, que formaban un túnel verde y perfumado. A veces acelero el paso: siento que mis músculos despiertan y, con la terquedad de los setentones, quiero demostrarme que aún puedo. Subo cuestas como escarabajo colombiano y saco ventaja; la autoestima se alimenta también de kilómetros ganados. Luego freno, porque el Camino no es una carrera sino un espejo.

Hicimos parada en Casa Calzada, donde los peregrinos nos amontonamos a desayunar y recuperar fuerzas. Más tarde, la jornada nos regaló un festín inesperado: la famosa tortilla de O Ceacedorio. Allí, Rafael Fajardo y su esposa María José, de La Coruña, sostienen un pequeño templo gastronómico: cincuenta docenas de huevos y sesenta kilos de papas al día. Fernanda, llanera de Villavicencio, nos atendió con una sonrisa que traía al Camino un pedazo de mi llano colombiano. En el sendero pensé en un texano de 81 años con el que había hablado días atrás. Hace el Camino cada diez años: a los 61, a los 71, ahora a los 81. Le pregunté por qué insistía, y me respondió con una media sonrisa: “Porque mientras pueda caminar, aún estoy vivo”. Esa frase me persigue: caminar no es solo movimiento, es resistencia frente al tiempo. Quizá por eso, como diría Tolstoy, la vida del hombre no se mide en posesiones, sino en los pasos que lo acercan a los demás.

Al llegar a O Pedrouzo, la meta parecía demasiado cercana. Salí a darle una vuelta, con una nostalgia anticipada: el final es siempre un comienzo disfrazado. Comprendí que Santiago será apenas un instante, pero que este andar quedará tatuado en el alma. Y pensé que el Camino no terminará en Compostela, sino cuando uno vuelve a sus pueblos y se atreve a caminar también sus senderos, para hacerlos mejores lugares donde vivir.

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