Crónica de un cumpleaños en Milán

Venir a pasar el cumpleaños en Milán fue una decisión luminosa. A esta ciudad he regresado varias veces —por trabajo, por arte, por nostalgia—, pero esta vez tuvo algo de destino cumplido. Quizá fue el aire otoñal que doraba las fachadas, o las conversaciones largas con amigos que saben mirar el mundo con el alma despierta.

La bienvenida corrió por cuenta de Alejandra Matiz, en el restaurante napolitano Da Ciro, en vía Marghera. Con su elegancia bogotana y un vino que sabía a memoria compartida, abrió la noche con la gracia de quien sabe celebrar la vida. Pero el viaje se volvió verdaderamente inolvidable gracias a Fabio Rodríguez Amaya, pintor, escritor y profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Bérgamo, uno de los colombianos más prestigiosos de la academia italiana. Ser su invitado —y su amigo-guía por las calles de Milán— fue un privilegio que todo viajero agradece con el alma.

Fabio me condujo por la ciudad con la pasión de un renacentista que explica su siglo. Inició en La iglesia Santa Maria presso San Satiro con la perspectiva de Bramante. Frente al Castello Sforzesco, me habló de la rivalidad creativa entre Leonardo da Vinci y Donato Bramante, dos genios que compartieron mecenazgo y recelos bajo la corte de Ludovico el Moro. Recordó que Milán, mucho antes de ser capital de la moda, fue una ciudad de canales —una pequeña Ámsterdam lombarda— y que en el siglo XVI era el puerto interior más importante de Europa, por donde llegaban las mercancías de Venecia y Génova a través del sistema de ríos y esclusas.

Paseamos sin prisa. Comimos un gelato sublime en una heladería del barrio Brera, entramos al castillo para contemplar La Piedad Rondanini de Miguel Ángel, la obra donde el mármol parece aún respirar. Luego, la Basílica de San Ambrosio, con su perspectiva perfecta, y la Catedral del Duomo, ese bosque de piedra que desafía los siglos con su torre octogonal que roza el cielo lombardo.

Al atardecer, caminamos por el cuadrilátero de la moda, donde los escaparates son altares del deseo, y terminamos el día en su apartamento del Brera, entre libros, óleos y una cena preparada por él mismo. Allí, entre risas y reflexiones, levantó su copa y, mirando el teléfono, dijo con una sonrisa:


—“Al amor nuestro lo separa solo un tren.”


Se refería a Ana Paula, su enamorada de Macerata, una ciudad medieval encantadora en la región de Las Marcas, frente al Adriático. Brindamos con una Ichnusa, cerveza sarda sin filtrar, en uno de esos bares de Magenta donde los locales conversan sin premura. En las trattorie antiguas, el vino tinto y las pastas parecían tener el sabor de una amistad que el tiempo había madurado.

Esa noche, mientras las luces del tranvía pasaban por las ventanas del hotel, comprendí que Milán no se visita: se vive, se saborea, se escucha. Y que cumplir años aquí, entre arte, historia y afectos, fue más que una celebración: fue una confirmación de vida

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