En la ruta de los Ilirios
Con Maripaz al volante, la Donatella de este Marco Polo de Lorica, emprendimos la travesía desde Tirana hacia Berat, en la segunda jornada de nuestra expedición por la geografía de los Balcanes. La carretera serpentea entre colinas cubiertas de olivos centenarios, viñedos y campos de maíz donde el otoño tiñe los surcos de oro. A cada kilómetro, aparecen puestos improvisados donde los campesinos venden los frutos de la estación: granadas que estallan como rubíes, calabazas de formas imposibles, sandías tardías e higos que saben a infancia. Maripaz estaciona sin pensarlo —“esto hay que probarlo”, dice en su español cantado, mientras los vendedores nos sonríen sin entender palabra—. Aun así, la comunicación fluye: gestos, risas, la lengua universal del viaje.
El camino a Berat
En menos de dos horas llegamos a Berat, “la ciudad de las mil ventanas”. Desde el primer vistazo, el pueblo se alza como un poema sobre el río Osum, que divide sus dos barrios históricos: Mangalem, el musulmán, y Gorica, el cristiano. Hoy, según nos explicó Redi, nuestro guía, ya no hay fronteras de fe. “Durante el comunismo —nos dice mientras ajusta su gorra de montañista—, las religiones fueron prohibidas. En Albania, Dios fue desterrado por decreto”.
Aquel decreto de 1967, como recuerda el profesor José Ángel Ruiz Jiménez, en su libro “Yugoslavia, la guerra y la paz en los nuevos países balcánicos”, convirtió a Albania en el primer Estado oficialmente ateo del mundo. Las iglesias y mezquitas fueron cerradas, los sacerdotes perseguidos, y las cruces sustituidas por retratos de Enver Hoxha, el dictador que soñó con un país autosuficiente y terminó aislándolo del planeta. El régimen cayó en 1990, y con él se derrumbaron los muros del silencio. “Mi esposa y yo somos de religiones distintas, pero celebramos todas las fiestas —añade Redi sonriendo—. Aquí nadie pregunta qué crees, sino qué compartes.”
Entre ruinas y memorias
Instalados en un hotel con vista al río, almorzamos un festín albanés: cordero al carbón, ensalada con pimientos asados, papas rústicas y vino tinto del valle de Tomorri. Los sabores son herencia de muchas culturas: romana, bizantina, otomana, balcánica. Y bajo todo, la raíz más antigua: los ilirios, aquel pueblo guerrero que habitó estas tierras desde el siglo IV a.C. Fueron ellos quienes fundaron Berat —entonces llamada Antipatrea—, hasta que los romanos la conquistaron, los bizantinos la fortificaron y los otomanos la vistieron de cúpulas y minaretes.
En los estudios de Ruiz Jiménez, los ilirios aparecen como el pueblo originario de la región que hoy comparten Albania, Montenegro y parte de Croacia, una civilización marinera y comerciante que, siglos después, se fundió con la romanización y dio origen a las raíces étnicas de los actuales albaneses. Esa continuidad histórica, que sobrevivió invasiones, se refleja en la identidad orgullosa de su gente, que se siente heredera de una nación más antigua que las fronteras.
Subimos con Redi hasta el castillo en la colina, donde aún viven familias entre muros de piedra. La vista es un tapiz de tejados blancos, montañas violetas y el río que corta el valle como un espejo líquido. Dentro del recinto medieval encontramos la iglesia de la Trinidad, restos de templos bizantinos, la antigua mezquita y un monumento con la cabeza de Constantino el Grande, aquel emperador de origen ilirio que llevó el cristianismo a Roma. “De aquí salió un hombre que cambió el mundo”, comenta Redi con orgullo.
En las palabras del historiador español, Constantino simboliza la paradoja balcánica: de una tierra fragmentada surgió una figura que unificó el Imperio Romano y legalizó una religión. Albania, cuna de emperadores y mártires, ha sido también campo de disputa entre imperios, frontera entre el islam y el cristianismo, entre Oriente y Occidente.
Una ciudad viva
Al bajar, atravesamos el barrio antiguo. Las calles empedradas nos llevan al palacio del Pachá, a la mezquita de los Solteros —llamada así porque sus fieles, al casarse, abandonaban la obligación de limpiarla—, y al puente de Gorica, que une las dos almas de Berat. En cada esquina hay flores, balcones colgados y niños que saludan con un “mirëdita” risueño. Maripaz conversa con una mujer que vende miel y dulces de higo. No hablan el mismo idioma, pero se entienden como si se conocieran de siempre.
Berat respira una serenidad que desmiente su historia convulsa. Según los análisis de Ruiz Jiménez, la Albania contemporánea —que no formó parte directa de la guerra yugoslava, pero sufrió sus repercusiones— fue un espectador inquieto del derrumbe del bloque comunista, y hoy busca integrarse a la Unión Europea sin perder su alma rural. Su arquitectura blanca y sus colinas son un testimonio vivo de resiliencia.

Reflexión final
Redi nos habla del presente de Albania: 2,5 millones de habitantes dentro del país y más de 5 millones en la diáspora. “Los que se fueron —dice— ahora regresan con ahorros, abren hoteles, invierten. El turismo creció de dos a once millones en tres años.” Es un renacimiento, aunque con el riesgo del encarecimiento.
Antes de despedirnos, Redi desmonta un mito: “Las mafias albanesas son cosa de películas. Aquí no secuestramos ni robamos. Vivimos en paz.” Y tiene razón. Albania no huele a miedo, sino a pan caliente, a montaña húmeda, a esperanza.
Esa noche, desde la terraza del hotel, miré las mil ventanas encendidas de Berat reflejadas en el río. Pensé en los ilirios, en Constantino, en Maripaz documentando el viaje con su cámara, y en lo que escribió Chesterton: “El mundo no perecerá por falta de maravillas, sino por falta de asombro.”
En los Balcanes, el asombro sigue intacto, como si cada piedra aún recordara el paso de sus antiguos dioses y el renacer de un pueblo que, después de tantas fronteras, vuelve a creer en la paz.





