Gjirokastër: en la montaña donde la historia aún respira
Salimos temprano de Berat, donde tuvimos un desayuno de príncipes: pepinos, yogurt, tomates y frutas frescas al pie de la ventana del hotel Ansel, con vista al río, servido por Jude Stephen, un joven filipino de sonrisa al instante. Dejábamos atrás los tejados rojos y el rumor del Osum para internarnos en la Albania del sur, aquella que, según el profesor Ruiz Jiménez, conserva “el pulso más antiguo y el alma más compleja del Adriático oriental”.
La ruta hacia Gjirokastër fue una travesía por la entraña montañosa del país, una cinta de asfalto que poco a poco se transformó en camino de herradura. El paisaje se volvió áspero y majestuoso: colinas cubiertas de olivos centenarios, viñedos jóvenes, laderas donde florecían adelfas y lavandas silvestres, y aldeas que parecían detenidas en otro siglo. Maripaz, la Donatella de esta expedición balcánica, mantenía el volante firme mientras nosotros íbamos con el alma en vilo, temiendo una llanta pinchada o una curva sin retorno. Pasamos por nombres que apenas retuve de los letreros: Çfir, Mallakastër, Shtëpanjë, Selitë, Mbreshtovë… pueblos que resisten el olvido con sus casas de piedra y sus gallinas sueltas en los caminos.
Nos encontrábamos ya en la región de Gjirokastër, al borde de las montañas del Mali i Gjerë, una cadena que parece conversar con las nubes del Épiro griego. Desde arriba, los valles del Drino brillan como espejos verdes. No vimos un solo autobús ni un coche de ida o vuelta: solo el rumor del viento y el olor de la tierra húmeda.
La ciudad de piedra y la memoria
Cuando finalmente llegamos a Gjirokastër, “la ciudad de piedra”, sentimos que entrábamos en una maqueta de historia. Las calles empedradas trepan hacia un castillo que domina el horizonte, y las casas otomanas, con tejados de pizarra y balcones de madera, recuerdan que aquí nació uno de los escritores más importantes de Albania: Ismail Kadare, el Nobel moral del país, cuya Crónica de piedra convirtió esta ciudad en un mito literario.
El profesor Ruiz Jiménez explica que Gjirokastër es “una metáfora del alma albanesa”: construida sobre piedra, resistiendo terremotos, guerras y dictaduras. Aquí también nació Enver Hoxha, el hombre que transformó esa tenacidad en un aislamiento feroz. Kadare y Hoxha —la pluma y el poder— son los dos rostros opuestos de un mismo país. Uno quiso encerrarlo en la ideología, el otro abrirlo a la literatura.
En la plaza central nos esperaba Irving, el guía, junto al monumento de las hermanas Bule y Persegeni, mártires de la resistencia contra la dictadura. “Aquí fueron ahorcadas por desobedecer el miedo”, nos dijo. Y el silencio fue más elocuente que cualquier discurso. Según los relatos recogidos por Ruiz Jiménez, Albania fue el único país de Europa donde toda manifestación religiosa o política disidente era castigada como traición de Estado. En Gjirokastër, el miedo tuvo dirección postal.
Ecos de piedra y fantasmas del pasado
Recorrimos la Casa Skenduli, joya de arquitectura otomana con 64 ventanas y habitaciones rituales donde aún se huele el incienso del pasado. Luego descendimos a los túneles de la Guerra Fría, un laberinto subterráneo de casi dos kilómetros construido en los años sesenta para resistir un ataque nuclear que nunca ocurrió. Enver Hoxha, temeroso de Occidente y de la Unión Soviética, había sembrado el país con más de 170.000 búnkeres. “El miedo fue el verdadero cemento de Albania”, escribió Ruiz Jiménez.
Un viejo guardia, que se presentó como Ilir, nos contó que de joven dormía con miedo a hablar. “Las paredes tenían oídos, hasta las camas podían delatarte”, murmuró con un tono que mezclaba resignación y alivio. “Ahora hablo, y no me callo más.”
Subimos al castillo de Gjirokastër, desde donde se ve el valle entero. Allí se exhibe un avión estadounidense derribado en 1957, convertido en trofeo propagandístico del régimen. Desde sus murallas, el guía recordó que la madre de Alejandro Magno era originaria de esta región, y que aún hay disputas con Grecia por las raíces históricas. No es casual: como señala Ruiz Jiménez, los Balcanes son “el laboratorio de las identidades europeas”, un territorio donde cada frontera es también una memoria.
La vida que resiste
Al caer la tarde nos refugiamos en el restaurante Bon Appétit, en la calle Ali Konde. Allí probamos qifqi —bolitas de arroz aromatizadas con menta—, kebap de cerdo y pollo, y una crema agria local tan densa que parecía un poema lácteo. El vino blanco de la región, frío y ligero, fue el brindis perfecto para un día que comenzó como aventura incierta y terminó como un capítulo inolvidable de carretera y memoria.
Gjirokastër es eso: piedra y poesía, ruina y renacimiento. Un lugar donde los balcones otomanos miran al futuro sin dejar de hablar con el pasado. Al marchar, pensé en las palabras de Kadare: “Un pueblo que recuerda, sobrevive.” Y mientras las nubes arropaban las montañas del Mali i Gjerë, supe que Albania me había enseñado algo esencial: el valor de resistir sin dejar de soñar.














