Butrinto, donde las ruinas dialogan con el mar

Salimos de Gjirokastër cuando la mañana aún olía a piedra húmeda y café recién molido. Maripaz — al volante de esta travesía balcánica— tomó la carretera que serpentea entre colinas cubiertas de olivos. Cada curva parecía abrir una página de historia: primero los valles verdes del Épiro, luego los resplandores del mar Jónico, azul como una promesa. Íbamos rumbo a Butrinto, la ciudad que alguna vez fue puerto del alma homérica, donde los ecos de Troya aún resuenan entre cipreses y ruinas.

Las ruinas de Europa

Butrinto no es sólo un yacimiento arqueológico; es una metáfora de la civilización europea. Fundada, según la tradición, por los exiliados troyanos que huyeron tras la caída de su ciudad, guarda en su silencio las huellas de Eneas, el héroe de la Eneida de Virgilio, que detuvo aquí su viaje antes de partir hacia Italia. En los escritos clásicos, Butrinto es descrita como “la Troya menor”, un refugio de memoria y de esperanza.


Los arqueólogos confirman que, después de su etapa mítica, fue colonia griega en el siglo VII a. C., luego ciudad romana, sede episcopal bizantina y fortaleza veneciana. Cada piedra es un estrato del tiempo: las columnas dóricas conviven con capiteles latinos, mosaicos cristianos y muros levantados por obreros otomanos.
El profesor Ruiz Jiménez, en su estudio sobre la herencia cultural de los Balcanes, la define como “un espacio donde los dioses, los imperios y los hombres conversan sobre la fragilidad de la historia”.

El santuario del silencio

El parque nacional que la alberga —declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 1992— se abre como un escenario donde la naturaleza y la arqueología se abrazan. Desde la acrópolis se divisa el lago de Vivari, espejo donde se refleja el castillo medieval erigido por Ali Pachá de Tepelena, aquel caudillo otomano que gobernó estas tierras con crueldad y refinamiento.

Las ruinas parecen vivas: el teatro helenístico, el baptisterio romano con mosaicos del siglo II, el templo de Asclepio —dios de la curación—, la basílica bizantina. La hiedra se enreda en los capiteles, y el viento trae murmullos de lenguas que se extinguieron sin desaparecer del todo.

Un vendedor de alabastro nos ofreció figuras de Atenea y Apolo, y, como si temiera a sus propios dioses, se descubrió el pecho para mostrarnos una cruz de plata: “Soy cristiano —dijo—, pero aquí todos convivimos con los antiguos”. Esa frase, tan sencilla, parecía contener la esencia de Albania: un país que aprendió a reconciliar sus pasados sin renegar de ninguno.


Historia, guerras y redenciones

Durante siglos, Butrinto fue un punto estratégico entre Oriente y Occidente. Los venecianos fortificaron sus murallas para defender la ruta del Adriático; los otomanos la usaron como bastión naval. En el siglo XIX, tras la caída de los imperios, el lugar quedó sumido en el olvido hasta que el arqueólogo italiano Luigi Ugolini comenzó las excavaciones en 1928, bajo la supervisión de Mussolini, quien soñaba con recuperar la gloria romana en suelo albanés.

Ruiz Jiménez señala que, en esos años, la arqueología fue también un instrumento político: cada piedra excavada servía para legitimar una historia nacional o imperial. Pero en Butrinto, esa ambición se volvió poesía. Las ruinas, ajenas a toda propaganda, conservaron su propia voz: la del tiempo.

Hoy el sitio es símbolo de la paz que los Balcanes buscan desde hace siglos. Los visitantes —griegos, italianos, franceses, albaneses— caminan por los mismos senderos donde alguna vez guerrearon sus antepasados, y en su silencio parece renacer una idea de reconciliación.

Sarandë: el nuevo rostro del sur

En Sarandë, ciudad costera renacida tras el comunismo, se siente el pulso económico de una Albania que despierta. Hoteles, cafés y restaurantes florecen con la inversión de emigrantes que regresan del exilio, alentados por políticas de retorno y por el turismo que crece cada año.

Esa noche, el mar nos regaló otro poema: una lubina perfecta en el restaurante Black Marlin, recomendación que superó toda reseña. El vino blanco de Korçë nos supo a gratitud, y en la brisa del puerto se mezclaba el olor del mar con la esperanza.

Ksamil: donde el sol toca el agua

Antes del anochecer corrimos hacia Ksamil, el extremo más azul del Adriático. Maripaz llegó justo a tiempo para ver cómo el sol se disolvía detrás de la escultura de La Mano, símbolo de quienes buscan tocar el cielo desde el agua. Allí conocimos a Ledi y Claudio, jóvenes camareros que hablaban un español aprendido con telenovelas latinoamericanas. “Albania ya no mira al pasado”, me dijo Ledi con un gesto de orgullo, “ahora miramos al mar abierto.”

Mientras el cielo ardía sobre las islas, recordé que los antiguos llamaban a este mar mare nostrum, el nuestro. Y comprendí que la verdadera lección de Butrinto no está en sus ruinas, sino en su resistencia: sobrevivir, cambiar, perdonar.

Epílogo homérico

De aquí zarparemos en lancha hacia la isla griega de Corfú. Dicen que Ulises pasó por aquí en su regreso a Ítaca, y que los dioses aún soplan desde el Jónico. En este confín de los Balcanes, donde la historia se mezcla con la brisa, uno entiende que viajar es escuchar a las ruinas cuando deciden hablar, y que cada piedra —como cada hombre— tiene algo que recordar antes de hundirse en el mar del tiempo.

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