Entre fronteras: camino a Podgorica

Salimos de Ohrid temprano, cuando el lago aún respiraba neblina y los campanarios repicaban como si anunciaran otro comienzo. Dejábamos atrás la ciudad de los santos, los íconos y los reflejos bizantinos. En Struga hicimos una parada breve: la iglesia de San Jorge guarda en su interior un tesoro de frescos y pinturas que sobrevivieron a invasiones y siglos de silencio. Allí, entre el incienso y el olor a piedra húmeda, uno entiende que los Balcanes son un museo al aire libre donde cada muro tiene voz.

El camino de regreso a Albania

Tomamos la carretera que serpentea hacia el oeste. A cada curva, Macedonia del Norte parecía despedirse con valles de un verde antiguo. En la aduana, los agentes revisaron papeles y sellaron los pasaportes con la formalidad de quien protege un sueño. Volvimos a entrar en Albania, ese país de montañas vivas y rostros serios que siempre terminan sonriendo cuando se les mira con calma.

En Ladorish, Prrenjas y Hotolisht vimos brigadas trabajando bajo la lluvia: excavadoras abriendo túneles, hombres con cascos amarillos, jóvenes que levantan muros para las nuevas autopistas que conectarán Tirana con el norte.

“Estamos construyendo el futuro”, me dijo uno de ellos, empapado y feliz. Albania, con un salario mínimo que ronda los 400 euros mensuales, busca modernizar su infraestructura con ayuda de la Unión Europea. El país, aún marcado por el aislamiento comunista, ha hecho de la carretera un símbolo de progreso.

El camino siguió por Librazhd y luego hacia Tirana, donde el ruido de la modernidad se mezcla con la memoria de los bunkers de Enver Hoxha. La lluvia nos acompañó hasta Shkodër, la ciudad más antigua del norte albanés. Allí, bajo los árboles de la calle Kole Idromeno, descubrimos una escena inolvidable: hombres, mujeres y niños avanzaban en bicicleta bajo el aguacero, sosteniendo el paraguas con una elegancia casi coreográfica. Ninguna prisa, ningún gesto de fastidio: solo la dignidad silenciosa de quienes aprendieron a resistir.

Shkodër, de mayoría católica, fue durante siglos el punto de encuentro entre el Imperio otomano y la Europa cristiana. Hoy mantiene su espíritu comerciante y su vida universitaria activa. En los cafés se habla tanto de fútbol como de política, y los jóvenes sueñan con emigrar a Italia o Alemania, donde los salarios duplican los locales.
El cruce hacia Montenegro
Al anochecer, la frontera nos recibió con luces de neón y el rumor del río Morača. Entrábamos en Montenegro, un país diminuto en extensión (13.800 km²) pero inmenso en carácter. Su nombre, Crna Gora —“Montaña Negra”—, lo dice todo: cordilleras abruptas, valles profundos y costas que miran al Adriático con orgullo ancestral.
El agente fronterizo, de bigote militar y acento duro, me devolvió los pasaportes con una sonrisa inesperada. “Bienvenidos a casa”, dijo en inglés, como si cada viajero fuese un hijo perdido que regresa.
Podgorica, la ciudad que renace
La carretera hacia Podgorica atraviesa montañas cubiertas de pinos y valles donde pastan rebaños de ovejas. En el horizonte, los relámpagos iluminaban la lluvia como bengalas. Llegamos de noche: la ciudad brillaba con luces suaves, modernas, y una calma inesperada.
Podgorica —antigua Titograd durante la Yugoslavia socialista— fue destruida casi por completo en la Segunda Guerra Mundial. De las ruinas emergió una urbe de avenidas anchas, edificios funcionales y parques abiertos. En 1992 recuperó su nombre original y en 2006 se convirtió en capital del Montenegro independiente, el país más joven de los Balcanes.

Hoy alberga cerca de 185.000 habitantes, casi un tercio de la población nacional. En sus calles conviven montenegrinos, serbios, bosnios, albaneses y croatas, herencia de una geografía que ha sido siempre frontera y puente. La diversidad religiosa es otro de sus tesoros: 70% ortodoxos, 20% musulmanes y un pequeño pero antiguo grupo católico en la costa.

El salario mínimo ronda los 550 euros, y la economía depende del turismo, la energía hidroeléctrica y los servicios. La modernidad se impone lentamente: nuevos centros comerciales, cafés de diseño, edificios de vidrio que contrastan con los bloques grises del socialismo. En los parques aún se alzan monumentos a los partisanos de Tito, y en las paredes sobreviven murales con la estrella roja, desvaída pero no olvidada.

Conversación con Petar

En un bar junto al puente del Milenio, mi amigo Petar Mestrovic —nombre de novelista y alma de conversador— me habló de su país mientras compartíamos vino tinto de la región de Plantaze, famoso por su uva Vranac.
—Nuestra ciudad —dijo— no tiene la belleza de Dubrovnik ni la historia de Kotor, pero tiene algo que ellas perdieron: la memoria de haber sido muchas cosas sin dejar de ser nosotros. Petar recordaba los días de la antigua Yugoslavia, cuando Podgorica era Titograd y los niños recitaban consignas socialistas en la escuela.
—Tito nos unía con sueños y miedo —confesó—. Después llegó la guerra, la pobreza, las sanciones. Pero también la independencia. Somos pocos, pero libres.

La gente de Montenegro, alta, orgullosa y hospitalaria, combina la serenidad eslava con la pasión mediterránea. En los mercados se ofrecen aceitunas, miel, vino casero, cordero y quesos de cabra. En los restaurantes, la cocina montenegrina mezcla influencias italianas y balcánicas: njeguški pršut (jamón curado de montaña), kacamak (puré de maíz con queso), cevapi (rollitos de carne) y pescados frescos del lago Skadar.

La memoria de un país joven

En Podgorica, cada piedra tiene su cicatriz. En la plaza de la Independencia, adolescentes beben café mientras miran sus móviles, sin sospechar que bajo sus pies hubo trincheras y refugios. Los ancianos recuerdan los bombardeos de la OTAN en 1999, cuando Montenegro aún formaba parte de Serbia. Hoy el país mira hacia la Unión Europea, aunque mantiene lazos con Rusia y Serbia, un equilibrio tan frágil como sus montañas.

Los montenegrinos, como los albaneses o macedonios, hablan con orgullo de sus orígenes. “Aquí convivimos serbios y montenegrinos, hijos de las mismas montañas —me dijo Petar—. Uno de cada tres se fue buscando pan o futuro, pero los que quedamos aprendimos a tolerar, a ceder. La convivencia no se decreta: se aprende con el tiempo y con una copa de vino compartida.”

Lo escuché mientras la lluvia golpeaba los cristales. Afuera, una pareja cruzaba en bicicleta, él sujetando el paraguas, ella riendo bajo la tormenta. Pensé que esa imagen resumía todo lo visto en el viaje: la vida avanzando entre el agua y la historia, sin detenerse.

Los Balcanes, me dije entonces, son eso: un mosaico de ruinas, túneles y esperanzas, donde cada frontera es un espejo y cada ciudad una lección de supervivencia.

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