Regreso por las costas del Adriático
El regreso desde Kotor hacia Shkodër fue una travesía entre el mar y la montaña, una ruta que parecía condensar toda la historia de los Balcanes: abrupta, hermosa y marcada por cicatrices que el tiempo aún no borra. Partimos temprano desde la llamada Venecia balcánica, una ciudad encajada entre las rocas y el agua, donde las murallas respiran siglos y las campanas parecen tocar para el mar. Desde lo alto del peñón que la protege, Kotor ofrece una de las vistas más sobrecogedoras del Adriático: un laberinto de bahías que reflejan el cielo y los recuerdos de un mundo que fue romano, veneciano, otomano y yugoslavo.
Seguimos la carretera que serpentea hacia el sur, entre acantilados y playas de piedra. A la derecha, el mar relucía como una lámina de mercurio; a la izquierda, las montañas se erguían como testigos de guerras, terremotos y renacimientos. Budva, la ciudad amurallada que parece flotar sobre el agua, fue nuestra primera escala. Sus calles empedradas, sus mosaicos ortodoxos y su aire veneciano son una lección viva de convivencia: aquí las campanas dialogan con los minaretes y los turistas con los pescadores.
Más adelante, en Bar, las ruinas del casco antiguo —Stari Bar— se alzan entre olivares centenarios. Allí, las piedras hablan en varios idiomas: el de los romanos, los bizantinos y los otomanos. Un manantial brota junto a las murallas como si aún guardara la memoria del comercio y la oración. Todo el litoral respira mezcla y resistencia, esa herencia balcánica que ha sabido convertir el dolor en cultura.
El camino nos condujo después a Ulcinj, donde el Mediterráneo se tiñe de un tono más oriental. Antigua colonia iliria, refugio de piratas y de esclavos liberados, hoy es un cruce de culturas. Las calles resuenan con la llamada del muecín y el bullicio de los cafés. Gente de Albania, Montenegro y Kosovo comparte allí el mismo aire salino. En la costa, las familias pasean al atardecer, los niños juegan con cometas y los jóvenes conversan en inglés —una lengua que aquí se enseña desde el segundo grado—, señal de que una nueva generación busca su futuro sin fronteras.
Cruzamos la frontera por Muriqan al anochecer. El paso fue tranquilo, casi simbólico: un país se despedía y otro nos daba la bienvenida sin grandes ceremonias. La carretera se abría hacia los campos húmedos del norte de Albania, donde el horizonte se difumina en brumas de otoño.
Shkodër: la ciudad de las bicicletas y los sueños
Llegamos a Shkodër cuando la lluvia empezaba a caer. La ciudad, una de las más antiguas de los Balcanes, nos recibió con luces cálidas y música en las calles. Caminamos por la avenida Kole Idromeno, ese paseo alegre que late como un corazón europeo. Las terrazas estaban llenas: jóvenes tomando vino local, niños en bicicleta, parejas compartiendo helados bajo los paraguas. En los balcones colgaban banderas albanesas y luces tricolores. Todo respiraba vida, confianza y un cierto orgullo de estar avanzando.
Cenamos en un restaurante familiar, entre turistas y lugareños. Un vino tinto de la región acompañó un plato de tavë kosi, cordero con yogur y hierbas. En la mesa contigua, un grupo de estudiantes discutía sobre fútbol y política en un inglés fluido. Fue entonces cuando comprendí que los viejos prejuicios sobre estos países se disuelven al contacto con su juventud: una generación sin miedo, que trabaja, estudia y sonríe con la serenidad de quien ha sobrevivido al silencio.
Situada al pie de los Alpes Dináricos, entre el lago de Shkodër y el río Buna, la ciudad es un puente entre culturas y credos. Aquí conviven musulmanes, católicos y ortodoxos con una naturalidad admirable. Durante el comunismo de Enver Hoxha, Shkodër fue una ciudad vigilada: sus templos cerrados, sus voces silenciadas. Pero tras la caída del régimen, volvió a florecer. Hoy se respira libertad: cafés modernos, galerías, universidades y una juventud que mira a Europa sin renegar de sus raíces.
La ciudad de las bicicletas
Shkodër es conocida como la capital de las bicicletas. Se dice que hay más de una por habitante. Desde los más jóvenes hasta los ancianos, todos pedalean con elegancia y orgullo: mujeres con paraguas, estudiantes con mochilas, niños que ríen sobre dos ruedas.
—La bicicleta —me dijo un mecánico mientras reparaba una llanta con manos negras de grasa— es nuestra libertad con pedales.

Entre el lago y la fortaleza de Rozafa, que domina el paisaje, se funden la historia y la leyenda. Según el mito, tres hermanos construían una fortaleza que cada noche se derrumbaba. Un anciano les reveló el secreto: debían sacrificar a una de sus esposas. Solo Rozafa aceptó su destino, pidiendo que dejaran libre su pecho derecho para amamantar a su hijo. Dicen que aún hoy, en días de lluvia, las piedras rezuman leche. Esa mezcla de mito y sacrificio define el alma de la ciudad: Shkodër se entrega sin dejar de nutrir la vida.
Una ciudad que se reinventa
En el mercado local, las vendedoras ofrecen aceitunas, miel, quesos, pescados del lago y pan de maíz. La cocina es sencilla y generosa: tavë kosi, peshk në tigan —pescado frito con limón— y el dulce trileçe, herencia otomana.
Anila, dueña de un café decorado con fotografías antiguas, me dijo mientras servía una copa de rakija:
—Aquí convivimos sin preguntar en qué cree el otro. Lo importante es que nadie se vaya con hambre ni con tristeza.
Hoy Shkodër cuenta con unos 140.000 habitantes y una economía basada en el comercio, la agricultura y el turismo. Las remesas de emigrantes desde Italia y Alemania sostienen muchos hogares, y aunque el salario promedio ronda los 500 euros, la gente conserva una alegría contenida, una fe en el futuro que no se aprende: se hereda.
Por las noches, la avenida Kole Idromeno se convierte en un paseo de luces y música. Las bicicletas se mezclan con peatones, los niños corren entre burbujas de jabón y las parejas se detienen frente a los escaparates iluminados. En cada esquina hay una sonrisa, una guitarra, un brindis.
Reflexión final
Montenegro y Albania avanzan con paso firme. Las cifras lo confirman: crecimiento sostenido, nuevas infraestructuras, energía limpia y un turismo que ya representa más del 25 % del PIB. Pero más allá de los datos, lo que conmueve es la dignidad de sus pueblos, su capacidad de convivir tras las heridas, su voluntad de mirar adelante.
Esa noche dormimos en Shkodër con el rumor de la lluvia sobre el tejado y la certeza de haber cruzado una región que, sin ruido, se abre al mundo. Los Balcanes del siglo XXI ya no son un campo de ruinas, sino un laboratorio de esperanzas. Aquí, entre el Adriático y los Alpes Dináricos, los pueblos que un día se destruyeron ahora aprenden a construir juntos.
Al día siguiente, partimos hacia Tirana bajo un aguacero persistente. El camino por Melgushe y los valles inundados parecía un espejo del cielo. En la capital, las luces, los grafitis y el bullicio nos recordaron que Albania late joven. Una mujer con la que conversé en un café me dijo con pragmatismo:
—Aquí todo cambia, señor. El turismo nos da trabajo, pero también sube los arriendos. Lo más barato sigue siendo la comida… y la esperanza.
Tenía razón. En los Balcanes, como en la vida, el viaje no se mide por kilómetros, sino por las huellas que deja en el alma









