11. Crónica de la llegada a Santiago

El amanecer nos sorprendió con una llovizna juguetona y con una ligereza inesperada, como si los pies, después de tantos kilómetros, hubieran aprendido a flotar por sí mismos. Desde Monte do Gozo, aquel lugar donde en 1989 un millón de jóvenes se reunió con Juan Pablo II, divisamos las torres de la Catedral. Verlas asomar entre las nubes fue como abrir un regalo esperado: la promesa de que todo esfuerzo tiene un desenlace luminoso. El sendero se volvió un río de voces y acentos: portugueses, franceses, mexicanos, coreanos, todos caminando hombro con hombro como si el mundo entero hubiera acordado coincidir en este punto exacto de Galicia. José Luis, emocionado, me apretó el hombro:

—Ahora entiendo por qué insististe en traerme. Este viaje vale más que cualquier negocio cerrado en Berlín o París.

Patricia, con esa lucidez que solo dan las ampollas y la alegría compartida, añadió:

—Caminar juntos nos enseñó más de nosotros mismos que años de vida cotidiana.

Un peregrino portugués murmuró: “Es como ver el fin de un sueño y el comienzo de otro”. Un matrimonio francés, entre risas, ya planeaba regresar con sus hijos: “Queremos que aprendan a caminar despacio”. Y una mexicana, con lágrimas, confesó que cada paso lo había compartido con quienes la esperan en casa.


Santiago nos recibió como una fiesta universal: gaitas que se mezclaban con guitarras, abrazos con lágrimas, y miles de peregrinos llenando bares y restaurantes. Allí entendí que, además de ser un rito espiritual, el Camino es también una celebración de los sentidos. Porque, créanme, se come de maravilla: pulpo a la gallega, caldo, empanadas, y para brindar, el Albariño fresco que alegra hasta a los pies más cansados. En cada mesa se pactaban reencuentros: “Nos vemos el próximo año, pero en el Camino del Norte”, decía uno; “Yo vuelvo por el Portugués, que se come mejor bacalao”, respondía otro.

En la Plaza del Obradoiro, frente a la fachada del Maestro Mateo, pensé en lo que esta Catedral ha significado desde 1075: no solo un templo, sino un imán de peregrinos, de historias, de economía y de cultura. Eco diría que el Camino es una enciclopedia en movimiento: cada peregrino una entrada, cada paso una nota al pie de la humanidad.

Y yo, agradecido, confirmé que este quinto Camino con Maripaz no es repetir una ruta, sino sumar otra cosecha a mi bodega de vivencias: Pablo, Rose, José y tantos amigos nuevos que ya son ángeles con misión. El verdadero milagro no es llegar a Santiago, sino salir de aquí transformado, sabiendo que cada instante, por pequeño que parezca, es una semilla de eternidad… y de alegría, con vino incluido.

Sigue leyendo

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Límite de tiempo excedido. Por favor complete el captcha una vez más.