10. Crónica de O Pedrouzo a Monte do Gozo
El amanecer en O Pedrouzo se abrió como un telón de bosque, entre murmullos de hojas húmedas y pasos que parecían rezos. Éramos una procesión sin liturgia, medio millón de personas cada año recorriendo este mismo sendero, formando sin saberlo una cofradía planetaria. Caminábamos juntos, aunque cada uno con su historia a cuestas.
Rose Rivera, nuestra amiga peruana-española, me confesó que al inicio avanzaba con la cabeza baja, viendo solo piedras y polvo. Pero un día alzó la mirada y descubrió que no había venido a mirar sus zapatos, sino a contemplar a los demás y al paisaje. Me dijo que el Camino le enseñó a creer en ella misma, que las señales aparecían en forma de encuentros, de sabores, de pequeñas victorias gastronómicas al final de cada jornada. Y pensé entonces que el Camino es también una pedagogía de lo simple: levantar la vista para ver la vida.
Más adelante, un grupo de sevillanas cantaba coplas con el paso ligero, como si trajeran en la mochila el aire de feria. En Lavacolla me crucé con unos españoles de Valencia y Castellón que acompañaban a Pablo, un compostelano que celebraba allí mismo su cumpleaños. La escena era un retrato perfecto del Camino: alegría compartida entre desconocidos que se sienten familia por unas horas.
José Luis, siempre socarrón, me dijo mientras escuchábamos a un mirlo:
—Mira, Enrique, yo que soñaba con rascacielos y mercados de valores, y ahora me emociono con un pájaro.
Reímos, pero entendí que había en sus palabras una verdad: aquí, lo que importa no es lo que falta, sino lo que basta. En una parada improvisada, un maestro jubilado de Italia nos dijo:
—El Camino es la universidad más barata y más profunda que existe. Nadie se gradúa, pero todos aprenden.
Lo escuché como quien recibe una tesis doctoral en medio del barro.
Un viticultor gallego nos ofreció un vaso de tinto y explicó que las viñas, como las familias, necesitan raíces fuertes pero también aire para crecer. Su vino era sermón y memoria líquida, un recordatorio de que todo lo que permanece se alimenta de paciencia.
Al final del día, después de churrascos y albariños en O Tanqueiro, subimos hasta Monte do Gozo. Allí, por primera vez, Santiago se dibujó en el horizonte. Las torres eran un espejismo de piedra, pero lo que nos estremeció no fue la vista, sino la certeza de haber cambiado.
Comprendí que el gozo no estaba en llegar arriba, sino en entender que este Camino no es un viaje a Compostela, sino al interior de lo humano: un espejo de lo que somos cuando nos despojamos de lo superfluo. El Camino es, en el fondo, una antropología viva, un relato colectivo donde cada peregrino escribe una línea, y donde la lección última es que caminar es creer.
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