7. Crónica de Palas de Rei a Melide

Salimos de Palas de Rei con una sensación de alivio: el día nos pedía solo catorce kilómetros, casi un respiro en la larga travesía hacia Compostela. La mañana se presentó fresca, como si la bruma gallega quisiera regalarnos un descanso antes de los tramos más exigentes. El sendero se abrió bajo eucaliptos que impregnaban el aire con un frescor húmedo, un perfume penetrante que parecía limpiar no solo los pulmones sino también las dudas interiores. Pensé entonces que el Camino tiene un arte peculiar: sacudirte por dentro, arrancarte las prisas, y devolverte más ligero, como quien atraviesa un confesionario sin darse cuenta. En el trayecto se sumaron grupos de jóvenes peregrinos. Caminaban con desparpajo, canciones en la boca y la alegría de quien cree que la vida es un horizonte siempre abierto. Más adelante vi a una mujer de mirada fija, con paso firme y silencioso. Me acerqué y conversamos. Venía de Monterrey, había viajado a París, tomado un tren hasta Saint-Jean-Pied-de-Port y, desde la frontera franco-española, llevaba ya recorridos setecientos cincuenta kilómetros.

—Tenía esta ilusión desde hacía años —me confesó—. Ahora dispongo de tiempo, y el tiempo es el verdadero lujo.

Mientras seguíamos la ruta, entre arboledas otoñales que dejaban filtrar la luz como vitrales naturales, apareció Rajan, un peregrino de Nepal. Caminaba sereno, con un rosario budista entre los dedos. Me contó que en su tierra las montañas del Himalaya son dioses, y que subirlas no es conquista sino rendición:

—Allá no vencemos la cima —dijo—. Nos vencemos a nosotros mismos.

Me conmovió cómo, viniendo de tan lejos, encontraba en Galicia un eco de su espiritualidad: “Aquí no son las montañas las que hablan —añadió—, sino los bosques, el pan compartido y la risa. Pero el mensaje es el mismo: Dios está en cada paso”. La llegada a Melide fue un cambio de escenario y de aroma. El aire dejó atrás el eucalipto para llenarse del olor a pulpo recién cocido. En la Pulpería A Garnacha las mesas largas desbordaban platos de madera, vasos de vino tinto y voces peregrinas de todos los acentos. Entre tijeras que cortaban tentáculos humeantes conocí en la cocina a Sergio, maestro del pulpo, nacido en Córdoba, Colombia. Me habló de su gente y de apellidos que me resultaban familiares en Lorica: los Rhenals, los Ramírez… Entonces supe que, en esta encrucijada gallega, el Camino también tejía puentes invisibles con mi propio pueblo.

Ciclistas haciendo el camino

Entendí esa tarde que el Camino no se recorre solo con los pies. Se anda con las palabras compartidas, con los silencios que nos hermanan, con la sonrisa del desconocido que se convierte en compañero de mesa. El Camino también se hace al cortar el pulpo sobre el plato, al brindar con vino gallego, al comprobar que lo que las fronteras separan, un simple bocado puede volver a unir.

Recordé una frase que parecía escrita para nosotros: “El universo conspira a favor de quienes se atreven a caminar hacia su propio horizonte.”

Anoche en Melide, con el eco del bullicio aún en los oídos, confirmé que cada jornada es una metáfora: la vida, como el vino, sabe mejor cuando no se bebe en soledad.

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