4. Crónica de Triacastela a Sarria
Salimos temprano, cuando el reloj apenas marcaba las siete y media. La penumbra del amanecer aún abrazaba a Triacastela, ese pequeño pueblo gallego que guarda en su nombre la memoria de tres castillos medievales que ya no existen, pero que aún resuenan en las piedras. Éramos un grupo diverso: José Luis y Patricia, nuestros amigos de Colombia; una pareja de Burgos; un canadiense de paso ligero; y dos señoras suecas que parecían caminar con el ritmo sereno de los bosques nórdicos. En cada cruce, nuevos peregrinos se sumaban: acentos de todos los rincones del mundo componían una sinfonía de pasos y lenguas. Elegimos la ruta larga, la de Samos, siete kilómetros más que la vía directa, pero premiada con paisajes que bien justifican el esfuerzo. A nuestra derecha corría el río Oribio, cuyo murmullo parecía guiarnos como si repitiera un salmo antiguo. Las arboledas se vestían ya con los tonos ocres y dorados del otoño, recordándonos que el Camino no solo atraviesa geografías, sino también estaciones del alma. Un peregrino me habló mientras avanzábamos: había recorrido antes la ruta de Napoleón, desde Saint-Jean-Pied-de-Port por los Pirineos, y también el paso de Valcarlos. “Cada camino te da un rostro distinto del mismo misterio”, me dijo, y sus palabras quedaron flotando como una verdad sencilla y profunda.
En Lastres nos detuvimos a tomar un café que olía a rescate. Allí, con el calor en las manos, volvimos a caminar con renovada energía. El monasterio de Samos se nos apareció poco después, imponente en medio del valle, con más de mil años de historia grabados en sus muros. Fundado en el siglo VI y reconstruido tras incendios y guerras, es uno de los cenobios más antiguos de Occidente. Frente a su grandeza, comprendí que el silencio no es vacío, sino compañía.

En el bar Abadía desayunamos una tortilla francesa con jamón y queso que, por su sencillez bien lograda, nos supo a manjar de peregrinos. Felicitamos al cocinero, joven hijo del dueño, que sonrió con orgullo tímido. Afuera, mujeres gallegas ofrecían empanada recién salida del horno. Una de ellas, con manos curtidas y mirada de campo, me dijo:
—La empanada sabe mejor cuando se comparte. Así la hacían mis abuelas en las fiestas de aldea.
Un peregrino mexicano la probó y exclamó entre risas:
—Esto es tan espiritual como rezar.
El Camino se llena de pequeñas parábolas que uno recoge como conchas.
Seguimos avanzando entre cultivos de maíz, praderas de vacas pardas que miraban con calma, y colinas que ofrecían vistas donde Galicia parecía desplegar su mosaico verde infinito. Un grupo de argentinos, caminando animados, discutía sobre el sentido del viaje.
—Esto no es turismo —decía uno—. Es volver a ser humano.
—Y es también negocio para los pueblos —añadió otro—, y eso tampoco es malo. El Camino les da vida.
La reflexión me quedó rondando: ¿acaso no es eso mismo la esencia del Camino, dar y recibir vida?
La llegada a Sarria cambió el pulso. Allí el Camino se renueva: los que empiezan con mochilas recién compradas, llenos de ilusión y estrenos, se mezclan con quienes llevamos kilómetros en las piernas y en la memoria. Es una frontera simbólica, pues a partir de Sarria comienzan los últimos 115 kilómetros necesarios para obtener la Compostela. Por eso el aire se sentía distinto: expectativa para unos, cansancio y gratitud para otros. Cubrimos 25 kilómetros en esta jornada y al entrar en Sarria, mis pasos se llenaron de recuerdos. Fue allí donde hace cinco años iniciamos nuestro primer Camino. Comprendí entonces que el Camino nunca se repite: cambia el paisaje, cambia el tiempo, pero sobre todo cambia el caminante. Cada jornada es un comienzo, cada llegada una revelación. Mañana, último domingo de septiembre, seguiremos rumbo a Portomarín, con la certeza de que el Camino no es solo destino: es una escuela de humanidad que se recorre paso a paso, como quien escribe un libro en el que cada día es un capítulo distinto.
-
1. En O Grove el mar se escucha y se ve
Escogimos O Grove para conocer mejor Galicia, y pronto descubrí que antes de lanzarse al Camino de Santiago conviene escuchar…
-
2. Crónica de O Cebreiro
Llegamos a O Cebreiro como quien se acerca a un umbral entre la tierra y el cielo. El viento en…
-
3. Crónica del Camino: O Cebreiro – Triacastela
La primera sorpresa al levantarme fue descubrir el cielo de O Cebreiro, intacto, como una bóveda de estrellas antiguas que…

