3. Crónica del Camino: O Cebreiro – Triacastela

La primera sorpresa al levantarme fue descubrir el cielo de O Cebreiro, intacto, como una bóveda de estrellas antiguas que parecían custodiar el sueño de los peregrinos. Aún era de madrugada y ya se escuchaba el murmullo de botas y bastones sobre las piedras: el Camino despierta temprano, como si la fe no necesitara reloj. El desayuno en O Cebreiro fue un rito: café humeante y tortilla compartida. Allí conocí a José Vieira Rocha, un peregrino brasileño de São Paulo. Entre sorbos y risas, nuestras genealogías se cruzaron como flechas amarillas en un mapa inesperado: descubrimos ser descendientes de Antonio Rocha, un pariente lejano del siglo XVII nacido en Vilariño de São Romão, Portugal. El Camino, una vez más, confirmaba que no une solo pueblos, sino también sangres y memorias.

Lindos paisajes a lo largo del camino

Salimos a las ocho, rumbo al Alto de San Roque. La estatua del peregrino de bronce nos recordó que caminar también es resistir. El ascenso al Alto do Poio fue duro, casi cruel, pero cada paso era una lección: los pulmones ardiendo enseñaban paciencia, las piernas temblorosas enseñaban humildad, y la cima, finalmente conquistada, enseñaba gratitud. El paisaje gallego desplegaba sus verdes infinitos: praderas, fincas con vacas rubias, castaños que ofrecían sombra, aldeas de piedra que parecían sacadas de un retablo medieval. En Fonfría, una mujer gallega me ofreció pan y queso y me regaló un secreto:

—“El caldo gallego no se hace con prisa. Solo el fuego lento lo convierte en abrazo”

.A su lado, un peregrino canario anotó la frase en su cuaderno:

—“Volveré con mis amigos; aquí uno aprende que la mesa también es un camino”. Un coreano relató que en su aldea los jóvenes sueñan con venir a Europa:

—“Para ellos, el Camino es conocer el mundo sin salir de un sendero”. Al llegar a Triacastela, con los pies doloridos y el corazón ligero, supe que lo vivido no era solo una etapa: era un capítulo de mi propia biografía. Como dijo Paulo Coelho, “el Camino nos enseña que todos los tesoros del mundo están en un solo paso bien dado.

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