De Sarandë a Ohrid, por los caminos donde nacen los imperios
Salimos de Sarandë, la perla albanesa bañada por el mar Jónico, cuando el sol apenas despuntaba sobre las colinas de olivos. Maripaz puso en marcha el auto alquilado en Tirana. En la guantera, los papeles del vehículo parecían otro pasaporte, tan necesarios como los nuestros para cruzar las fronteras que separan y a la vez unen los Balcanes. El aire olía a sal y a pan recién horneado; el mar, azul metálico, se despedía a nuestra izquierda como un espejo en calma.

El cruce por Mavromati
La carretera ascendía entre montañas verdes y valles profundos, donde aún se respira el aire de los antiguos ilirios, los primeros pobladores de estas tierras que cultivaron trigo, vid y olivo mucho antes de que Roma levantara sus calzadas. En los campos, campesinos solitarios manejaban tractores viejos y, en los patios, mujeres extendían uvas para secarlas al sol.
En Mavromati, la frontera albanesa con Grecia, el paso fue lento. Los agentes revisaron pasaportes, sellaron documentos y, tras unos minutos de silencioso escrutinio, nos desearon buen viaje con una sonrisa de rutina. Al cruzar, sentí esa emoción leve del viajero que pasa de un mundo al otro: Albania quedaba atrás, y Grecia nos recibía con olor a pinos, a resina y a mar.
Por los valles del Épiro
Avanzamos hacia Igoumenitsa, el puerto griego que mira al Adriático, donde hicimos una pausa frente al azul inmenso. En una taberna de madera, entre redes de pescadores y mesas vacías, nos sirvieron gyros de cerdo, ensalada de tomate y pepino, yogur espeso y papas doradas. La temporada baja había dejado las terrazas desiertas y el aire impregnado de quietud. Grecia se preparaba para el invierno, pero sus colinas seguían doradas por el sol de octubre.
El camino hacia el norte atraviesa el Épiro, región de montañas míticas donde nació Pirro de Épiro, el general que combatió a los romanos y dio origen a la expresión “victoria pírrica”. Por estas mismas sendas se movieron las tropas de Alejandro Magno en sus campañas iniciales y, siglos después, los patriotas griegos que lucharon contra el dominio otomano.
La carretera continuó hacia Paramythia, un pueblo detenido en el tiempo, donde las campanas marcan el ritmo de la siesta y los hombres conversan bajo los plátanos. Luego llegamos a Ioánina, ciudad de lagos y leyendas otomanas. Su muralla refleja la gloria y la crueldad de Ali Pachá de Tepelena, el llamado León de Épiro, que gobernó desde aquí a principios del siglo XIX y desafió al sultán de Estambul. En el mercado, las mujeres venden miel, almendras y queso feta envuelto en hojas de vid; la hospitalidad griega, como siempre, se sirve con una sonrisa y un vaso de vino blanco.
De los montes Pindo a las llanuras de Macedonia
Continuamos hacia Grevena, cruzando los montes del Pindo, donde el otoño incendia los bosques con tonos de cobre y oro. Por los valles corre el río Aoos, y los pastores conducen rebaños de ovejas y cabras que proveen el mejor queso kasseri de la región. Los abetos bordean la carretera y los puentes de piedra, obra de artesanos anónimos, parecen sacados de un grabado veneciano.
En las aldeas, los hombres juegan al tavli (backgammon) mientras las mujeres recogen aceitunas. La Grecia rural sigue siendo fiel a su ritmo: trabaja, canta y espera. Un anciano nos dijo, levantando su bastón de olivo: “Aquí no hay prisa; el tiempo sabe esperar a quien lo respeta.”
Entre fronteras y recuerdos
En la frontera de Niki, los gendarmes griegos inspeccionaron de nuevo los papeles del coche y sonrieron al oír que veníamos “desde Tirana”. A pocos metros, un cartel daba la bienvenida a Macedonia del Norte, el país más joven de los Balcanes, surgido tras la disolución de Yugoslavia en 1991. Allí cambia el idioma, la moneda y hasta la luz del paisaje: los valles se vuelven más anchos, las casas más sencillas, y en el aire flota una nostalgia eslava.
Bitola: la ciudad de los cónsules
La primera gran parada fue Bitola, la antigua Heraclea fundada por Filipo II de Macedonia. Durante siglos fue conocida como “la ciudad de los cónsules”, por la cantidad de embajadas que aquí se instalaron en tiempos del Imperio Otomano. Caminamos por la calle peatonal Shirok Sokak, entre cafés, terrazas y tiendas con carteles en tres idiomas: macedonio, albanés y turco.
Visitamos el monumento a Filipo II, padre de Alejandro Magno, la iglesia ortodoxa de San Demetrio, la mezquita de Yeni y la torre del reloj, donde las horas suenan con un eco antiguo. Bitola conserva algo de Estambul y algo de Viena: el alma balcánica de los lugares donde todo se mezcla.
El lago que guarda la historia del mundo
A las seis de la tarde llegamos a Ohrid, y el primer golpe de vista fue un hechizo. Desde la orilla, el lago parecía un espejo sagrado. Las cúpulas bizantinas y los techos rojizos se reflejaban en el agua como una pintura viva. Declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, Ohrid fue durante siglos el corazón espiritual de los Balcanes: aquí se fundó una de las primeras universidades eslavas, se tradujo la Biblia al alfabeto cirílico y se levantaron más de 300 iglesias.
Al caer la noche, caminamos por el malecón entre vendedores de perlas —fabricadas con polvo de escamas de pescado— y turistas dispersos. En un puesto callejero probamos ajvar, la pasta de pimientos asados que es orgullo nacional, y brindamos con rakija, el aguardiente local.
El capitán Nanik y el alma del lago
A la mañana siguiente, nos embarcamos con el capitán Nanik Sadik, antes electricista de la empresa estatal, ahora navegante de vocación. Su pequeño bote de madera se mecía sobre las aguas que parecían dormir bajo siglos de historia. “Mi mujer murió hace doce años de cáncer”, me confesó con voz baja. “Desde entonces no volví a casarme. Este lago me hace compañía.”
Compartimos un trago de rakija, y lo animé a mirar la vida con alegría, a celebrar la belleza que lo rodea. Pasamos frente a la iglesia de San Jovan Kaneo, suspendida sobre un acantilado, y seguimos hacia Zaum, la bahía-museo donde se reconstruyen los palafitos de antiguas aldeas lacustres. Finalmente llegamos al monasterio de San Naum, un santuario donde los manantiales brotan de las entrañas de la tierra y los pavos reales caminan entre los cipreses.
Epílogo de ruta
Por estos valles y montañas han pasado héroes, conquistadores y soñadores. Aquí nació la leyenda de Alejandro Magno, que partió de estas tierras para unir Oriente y Occidente. Las legiones romanas cruzaron hacia Dyrrachium —la actual Durrës— dejando calzadas y fortalezas que aún resisten el tiempo. Por los caminos de piedra peregrinaron los monjes bizantinos que llevaron el alfabeto cirílico, y siglos más tarde, los partisanos de Enver Hoxha combatieron entre estos bosques durante la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, nosotros —viajeros del siglo XXI— seguimos esas huellas con la curiosidad de quien busca entender el alma de los Balcanes. En cada frontera hay una historia; en cada sonrisa, una lección de paciencia. Seguiremos hacia Montenegro, dejando atrás otro capítulo de esta travesía por la geografía del tiempo, con nuevos amigos, paisajes y silencios que se quedan para siempre.









