En la Venecia balcánica

legar a Kotor, después del trayecto por las carreteras montañosas de Albania, Grecia, Macedonia del Norte y Montenegro, es como desembarcar en un escenario tallado por el tiempo. La bahía, con forma de fiordo y alma de espejo, se abre entre montañas que parecen custodiar un secreto. Al fondo, el peñón de San Juan se alza como un vigía de piedra, protector y testigo de siglos de historia.

Kotor —la Venecia balcánica, como muchos la llaman— no es solo una ciudad: es una huella de civilizaciones superpuestas, una síntesis entre Oriente y Occidente, entre la bruma del Adriático y el resplandor del Mediterráneo.

Una bahía que fue refugio y frontera

La Bahía de Kotor, o Boka Kotorska, es uno de los puertos naturales más profundos del Adriático. Sus aguas se internan veinte kilómetros entre acantilados, formando un laberinto marino que los venecianos fortificaron durante cuatro siglos. Desde 1420 hasta 1797, Kotor fue parte de la República de Venecia, y su trazado urbano —calles empedradas, palacios de piedra blanca, balcones de hierro forjado— conserva el sello de esa era dorada. Los leones de San Marcos aún custodian las puertas de la ciudad, símbolo de aquel dominio marítimo que controlaba las rutas hacia Oriente.


Después llegaron los austrohúngaros, los otomanos, los napoleónicos, los serbios y los yugoslavos. Cada poder dejó su huella, pero ninguno logró borrar el carácter marinero y orgulloso de los kotoreños, herederos de una identidad híbrida y resistente.

El pulso de la vida cotidiana

El mediodía de nuestra llegada coincidió con la entrada de un crucero gigante. Miles de turistas descendían por la pasarela, y la ciudad, de apenas 14.000 habitantes, parecía transformarse en una feria cosmopolita: tiendas de recuerdos, cafés repletos, músicos callejeros, guías que hablaban en italiano, ruso, inglés o español. Pero al caer la tarde, cuando el barco se aleja, Kotor recupera su silencio de puerto antiguo y el sonido de las campanas vuelve a dominar el aire.

La economía local gira en torno al turismo, que representa más del 25% del PIB nacional. El salario promedio ronda los 800 euros, aunque en temporada alta muchos ganan más atendiendo visitantes. La población es mayoritariamente montenegrina y serbia, con minorías croatas y bosnias, lo que explica la mezcla de religiones: ortodoxos, católicos y musulmanes conviven sin conflictos visibles.

La voz de Rara, el kotoreño

Esa noche, en una taberna del puerto, conocí a Rara, el casero de nuestro apartamento, un hombre de mirada franca y barba blanca que hablaba un español aprendido en los barcos mercantes.


—Mi padre era italiano —me dijo mientras servía vino tinto local—. Por eso siempre sentí que Kotor es como una Venecia sin canales, una Venecia de montaña.


Tenía razón. Cuatro siglos de dominio veneciano dejaron su firma indeleble: balcones renacentistas, frescos bizantinos, plazas con fuentes góticas, y una gastronomía que combina lo mejor del Adriático con el sabor campesino de los Balcanes.


Sabores del Adriático

En el restaurante Konoba Scala Santa, el chef Duško nos sirvió una pasta con camarones bañada en aceite de oliva del valle de Bar, fragante y ligera, acompañada de vino blanco del norte montenegrino. Probamos también buzara (mejillones en salsa de vino), priganice (buñuelos con miel) y el inevitable rakija de ciruela. “Aquí cocinamos con paciencia y vino”, dijo el chef sonriendo.

En las casas familiares, la comida sigue siendo un acto sagrado. Las abuelas preparan sopas con hierbas de montaña, cordero asado y panes planos que recuerdan la influencia otomana. En los mercados se mezclan los productos del mar y la tierra: sardinas, aceitunas, granadas, higos, uvas, y un queso de cabra con aroma a sal marina.

Kotor: un espejo de la historia

El casco antiguo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, conserva una armonía casi milagrosa. Las murallas suben 1.350 escalones hasta la fortaleza de San Juan, desde donde la vista abarca toda la bahía. Subimos al amanecer, cuando las campanas llaman a misa y el aire huele a pan recién hecho. Desde arriba, los techos rojos parecen flotar sobre un mar que refleja el cielo como un segundo firmamento.

A lo lejos, los cuatro cruceros anclados en distintas bahías parecen gigantes dormidos. Y entre ellos, las lanchas de pescadores siguen saliendo cada madrugada, como lo hicieron sus abuelos. Kotor vive del turismo, sí, pero aún late el ritmo del puerto que comerciaba con Venecia, Ragusa (Dubrovnik) y Génova.

Leyendas de la bahía

Los kotoreños cuentan que un marinero, al regresar de una larga travesía, lanzó una piedra al mar en señal de gratitud. Sus vecinos hicieron lo mismo durante generaciones, y así nació el islote artificial de Gospa od Škrpjela (Nuestra Señora de las Rocas), donde se erigió una iglesia barroca que flota sobre el agua. Cada 22 de julio, los habitantes de Perast y Kotor repiten el gesto, arrojando piedras desde sus barcas mientras suenan las campanas. “Aquí la fe también navega”, me dijo una anciana en el muelle.

Entre montañas y modernidad

Hoy Kotor es un símbolo de Montenegro moderno: un país de apenas 620.000 habitantes, miembro de la OTAN y aspirante a la Unión Europea. Sus carreteras se ensanchan, los hoteles crecen, y el nuevo teleférico de 3.900 metros conecta el puerto con las alturas del monte Lovćen, ofreciendo vistas sobrecogedoras de la bahía.

Sin embargo, la gente sigue aferrada a su sencillez. “No queremos ser otra Dubróvnik —me dijo Rara—. Queremos seguir siendo Kotor: pequeña, auténtica, nuestra.”

Epílogo junto al mar

Al atardecer, me quedé en una terraza frente a la bahía con una copa de cerveza local Nikšićko y un trozo de pescado recién asado. El sol caía sobre los tejados y las gaviotas giraban sobre el puerto. Pensé que los pueblos, más allá de sus heridas y fronteras, se parecen en lo esencial: todos buscan pan, paz y un poco de alegría.
Y en ese instante, con la bahía extendida como un espejo, comprendí que también yo había venido a buscar lo mismo: un reflejo, una certeza, una pequeña porción de belleza que justifique seguir viajando.

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