En la isla de Jackie y Onassis
El amanecer sobre Sarandë tenía un brillo líquido, casi jónico. Desde el muelle, el ferry rojo esperaba con su rumor metálico y el bullicio de los viajeros que, como yo, cruzaban hacia Corfú, la isla que alguna vez enamoró a Jackie Kennedy y a Aristóteles Onassis. El trayecto duró apenas cuarenta y cinco minutos, pero bastó para sentir el pulso azul del mar y escuchar las lenguas mezcladas de pasajeros griegos, albaneses e italianos que se saludaban como viejos marineros.
El viento traía olor a sal y café. Maripaz —mi Donatella y brújula en esta travesía balcánica— miraba hacia el horizonte, donde la silueta de Corfú emergía entre brumas doradas, coronada por las fortalezas venecianas que durante siglos defendieron a la isla del Imperio Otomano.
La isla donde confluyen los imperios
Kérkira —como llaman los locales a Corfú— es la isla más septentrional del mar Jónico. A la vista de Albania, pertenece a Grecia pero mira hacia Italia; su historia es un mapa de dominaciones: veneciana durante cuatro siglos, napoleónica por breve tiempo, británica hasta 1864, cuando se integró definitivamente al reino helénico. Esa mezcla se percibe en su arquitectura: balcones de hierro forjado, arcadas francesas, plazas inglesas y callejones que huelen a pan y azahares.
El casco antiguo, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, es un laberinto de piedra y luz. Allí se cruzan los ecos de campanas ortodoxas con los acordes de una banda filarmónica británica. Un anciano que tocaba el violín frente a la Plaza Liston —réplica del parisino Rue de Rivoli— me dijo con humor:
—Aquí todos hemos sido conquistados, pero nadie nos ha quitado el gusto por la música.
Jackie, Onassis y los dioses del lujo
En estas mismas aguas brillaron los años dorados de Aristóteles Onassis, el magnate griego nacido en Esmirna, que convirtió su fortuna en una epopeya moderna. Dueño de una flota de petroleros y de la isla privada de Skorpios, Onassis fue el símbolo del poder mediterráneo: extravagante, audaz, indomable. Su historia de amor con Jackie Kennedy, la viuda del presidente estadounidense asesinado, fascinó al mundo en los años sesenta.
Jackie llegó a Grecia buscando silencio y encontró en Onassis un espejo del exceso. Se casaron en 1968 en la capilla de Skorpios, rodeados de olivos y rumores. Él la colmó de joyas, cruceros y mansiones; ella le dio un aura de mito. Vivieron entre París, Montecarlo y Atenas, y navegaban por el Jónico a bordo del yate Christina O, donde coincidían Churchill, María Callas, Greta Garbo y príncipes europeos. Pero su paraíso fue efímero: el hijo de Onassis murió en un accidente aéreo, y el magnate nunca se recuperó. Jackie, fiel a su estilo, guardó silencio y regresó a Nueva York.
En Corfú, el mito persiste. Los lugareños la recuerdan con una mezcla de admiración y ternura. “Jackie no venía a ostentar —me dijo una anciana vendedora de dulces—, venía a rezar en Saint Gerry y a mirar el mar en soledad.”
Sissi y el palacio de los espejos
Mucho antes de Jackie, otra mujer poderosa halló refugio en Corfú: la emperatriz Isabel de Austria, conocida como Sissi. Enamorada de la cultura griega, mandó construir el palacio Achilleion en 1890, inspirado en su héroe favorito: Aquiles. Lo llenó de estatuas, frescos y jardines con vistas al mar. Allí pasaba horas recitando a Homero y escribiendo versos sobre la fugacidad del poder.
Hoy, su palacio es museo. Desde el mirador, los cipreses parecen custodiar el silencio de una mujer que también buscó en la isla una paz imposible. En palabras del historiador local que nos acompañó:
—Corfú siempre ha sido refugio de quienes huyen del ruido del mundo.

El pulso de la isla
En las calles del casco antiguo, los balcones se cubren de buganvilias, y las mujeres, con pañuelos de seda, venden aceite de oliva y pasteles de almendra. En la taberna To Gato Negro, donde nos detuvimos a almorzar, el dueño, Spyros, nos sirvió pastitsada —guiso de carne con vino y especias—, sofrito —ternera con ajo y perejil—, bourdeto —pescado con salsa picante— y tsigareli, acelgas salteadas con pimienta. La comida griega, sencilla y sabia, tiene el sabor de la tierra y del mar.
—Aquí el secreto no está en el plato, sino en la compañía —nos dijo Spyros, levantando su jarra de vino—. Un griego nunca come solo.
Conversamos con Pablo Diacomakos, un joyero-artista que moldea la plata como si tejiera fragmentos del mar. Le hablé de mis viajes y le dediqué un ejemplar de uno de mis libros. “Así aprenderé español”, dijo sonriendo. Nos explicó que en invierno la isla se vacía, pero que los corfiotas no se quejan: “El silencio también alimenta.”
De Ulises a Byron
Por estas costas pasaron los nombres que aún laten en la memoria del Mediterráneo. Homero situó aquí el descanso de Ulises antes de regresar a Ítaca. Virgilio escribió que Eneas ancló en Butrinto antes de fundar Roma. Lord Byron llegó durante la ocupación británica, y en su diario confesó: “Aquí, el azul del cielo parece el reflejo del alma humana.”
Corfú vio pasar las galeras venecianas, los acorazados napoleónicos y las fragatas británicas que izaron su bandera en el siglo XIX. Aquí desembarcó el almirante Kolokotronis durante la guerra de independencia, y siglos después pasearon reyes, poetas y políticos buscando lo mismo: un rincón donde el mar lo explique todo.
Reflejos del viaje
Cuando el sol comenzó a hundirse tras las colinas, embarcamos en el ferry de regreso a Sarandë. En cubierta, el viento traía olor a algas y despedidas. Miré las luces de Corfú encenderse una a una, como si fueran los pensamientos de todos los que, alguna vez, buscaron allí su destino.
Al fondo, Maripaz leía en silencio y el mar parecía escucharnos. Pensé en Jackie, en Sissi, en Byron, en Onassis, en todos los que, como nosotros, habían pasado por estas aguas tratando de reconciliar belleza y soledad.
Cada jornada en los Balcanes es una lección de asombro: culturas que se rozan, idiomas que se confunden, y el alma del viajero que se expande con cada horizonte. Porque viajar —como escribió Tom Chesshyre— no es llegar, sino dejarse llevar por la infinita curiosidad del mundo.





