Un trotamundos a los 77
Despierto en Milán, en una habitación que mira a un patio donde los cedros trepan como si quisieran alcanzar el cielo lombardo. Vine a pasear, a perderme entre los cafés del Duomo y los tranvías que suenan como relojes antiguos. Vine, sobre todo, a esperar la llegada de mis 77 años, como quien aguarda un tren que no sabe si lo llevará al pasado o a un nuevo comienzo.
El aire de otoño entra por la ventana y me trae recuerdos de todos los puertos donde alguna vez amanecí: Marsella, Estambul, Hong Kong, y mi Lorica. Mis zapatos, gastados como pasaportes, descansan al pie de la cama. Pienso que quizá ya lo he vivido todo, pero enseguida me desmiento: aún no he aprendido a estar quieto.
Camino por la Via Dante y me dejo arrastrar por el rumor de la ciudad. Una pareja de jóvenes se besa frente a una Vespa roja y me pide una foto. En sus miradas reconozco la fiebre del viaje, la misma que me acompaña desde siempre. Me veo reflejado en ellos: un hombre que ha cruzado mares, pero sigue buscando la otra orilla.
Más tarde, en una terraza del Navigli, pido un café y escribo:
“He visto tanto que a veces creo haberlo vivido todo. Pero el mundo sigue ahí, vasto y fresco, como una fruta sin morder. Me falta vivir la calma, escuchar a mis nietos, escribir los libros que aún no existen, mirar sin prisa las nubes sobre la cúpula de Milán.”
Cierro la libreta y pienso que envejecer no es tan grave: basta buena luz y buen café. La vejez se instala despacio, como un huésped que promete quedarse poco y termina pidiendo su cajón. No me quejo: él me roba un poco de cabello, y yo le robo días felices.
Sigo viajando, aunque el cuerpo reclame escalas más largas y maletas más livianas. Porque lo importante no es llegar, sino seguir saliendo. A los 77 no pienso jubilarme del asombro. Y si el envejecimiento es un viaje sin retorno, que al menos tenga buen vino, buena compañía… y una ventana con vista a Milán.
Viajar, al fin y al cabo, es mi manera de hacerle trampa al calendario: cada puerto me borra una arruga, cada amanecer me cambia la edad. Mientras la muerte intenta alcanzarme, yo cambio de aeropuerto. Se cansa, se confunde, pierde la conexión… y, aburrida de buscarme, termina olvidándome. Y así sigo viviendo —con libreta, pasaporte y una copa de vino— agradecido de que la vida, como los buenos viajes, nunca tenga punto final.















